Autora de novela romántica en SweetyStories

Las locuras de Mari Tere #3



–Hola, buenos días. La llamo por el piso que tiene en alquiler por horas en la calle Guzmán número 13.
–¡Hola! Sí, buenos días, esa soy yo je, je, je, je. Y, ¿qué día lo necesitaría?
–Pues de momento el martes, el miércoles y el jueves. Los tres días a partir de las siete de la tarde, hasta las dos o tres de la madrugada. ¿Sería posible?
–Un momentito, que consulto con la agenda… A ver… Sí, no habría problema. Esos tres días los tengo libres.
–Estupendo. Pero antes de concretar nada, me gustaría echarle un vistazo para ver si el lugar es lo que necesito.
–Claro, claro, por supuesto. ¿Cuándo querría venir a verlo?
–¿En media hora, le parece bien?
–Me parece perfecto.

Call me, call me on the line. Call me, call me, anytime.


Esta es la primera conversación que tuve con Ignacio, Nacho para los amigos. En aquel momento no lo sabía, pero Nacho es un gigoló. Trabaja para una agencia de acompañantes y, aunque entre sus obligaciones profesionales no está el acostarse con las clientas, se saca un sobresueldo haciendo «favores» a las susodichas que se lo proponen. 

Explicación gráfica de los favores que les hace...



No lo sabía, pero algo me olí cuando se presentó en mi casa. A ver, no nos engañemos, los hombres jóvenes no son precisamente mi «cliente tipo». Estos más bien son todo lo contrario: hombres entrados en años, que peinan canas la mayoría, y que echan una canita al aire con chavalas jóvenes y alocadas, de la profesión más vieja del mundo, o simples interesadas porque los viejales están forrados. Hombres que necesitan un lugar discreto en el que es difícil que se crucen con alguien conocido. Ninguno con amante fija, ya que estos prefieren montarles el pisito propio. ¿Pero chicos jóvenes y guapos? De estos, no había tenido ninguno; hasta Nacho.
Sí, sí, no me mires raro, chica.



Cuando vino a ver el piso, me quedé embobada mirándolo, plantada en la puerta, ocupando todo el espacio y sin dejarlo entrar. Me devolvió la mirada levantando una ceja y dirigiéndome una sonrisa torcida llena de diversión. Carraspeó, y yo volví en mí.

¿Brad Pitt os parece guapo aquí? Pues Nacho lo es más...



Normal que me quedara alelada. Nunca había tenido tan cerca a un hombre tan guapo. Porque Nacho parece una estrella de Hollywood, con ese pelo castaño claro ensortijado, unos ojos verdes que siempre brillan divertidos, unos labios jugosos, y esa perilla que le da un aire entre travieso y formal. Vestía casual, con unos pantalones vaqueros y una camiseta de manga corta negra, sin adornos. Las mangas de la camiseta se aferraban a sus abultados bíceps como si quisieran gritar a todo el mundo «este hombre es mío, zorra». Os juro que creo que oí al algodón hacerlo. Gritar, digo. Me puse muy nerviosa porque hacía años que no le daba ni una calada a un peta, y me sentí como si estuviera completamente puesta de maría, tripis o algo peor.


Por Dios, que el algodón no engaña, pero tampoco habla.


Continuará…

1 comentario:

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