Autora de novela romántica en SweetyStories

Las locuras de Mari Tere #2

Al irse Gerardo y dejarme la casa empantanada, la idea de vivir en la tercera planta y alquilar las otras dos, se fue al garete. ¡Era imposible! Y solo con mi sueldo, no me llegaba para pagar la hipoteca en la que me había metido para poder arreglarla; una hipoteca que se suponía que Gerardo iba a ayudarme a pagar, pero que cuando se fue, su intención también se marchó con él. Os juro que me veía viviendo en la calle, tal y como mi abuela había vaticinado en su testamento, y no hay nada que me dé más rabia que darles la razón en algo, a alguien de mi familia; sobre todo, a la vieja asquerosa. (Sí, murió hace años, pero sigo odiándola. Igual algún día os cuento por qué).

Me veía como la Chusa, revolviendo en la basura y asaltando a la gente con una navaja...


En esas estaba, «meditabaja» y «cabizbunda», cuando una compañera de trabajo hizo un comentario que consiguió que sobre mi cabeza apareciera la bombillita de ¡idea! La chica había visto un reportaje sobre gente que alquilaba sus casas por horas, para tener citas en ella, ¡y se sacaban un pastón! ¿Por qué no podía hacer yo lo mismo? Así que, ni corta ni perezosa, puse anuncios por todas partes, en páginas en internet, y en periódicos. Me compré un teléfono de prepago para atender las llamadas y… empecé a ganar dinero.

Al principio era una mierda, porque durante las horas que la alquilaba, me tenía que ir a la calle. Claro, no era plan estar allí mientras mis «alquilados» echaban un pinchito en la habitación de al lado. Además, que la planta baja es pequeña, ya que comparte espacio con el garaje, y la única habitación en la que podía esconderme, era un pequeño despachito que me había hecho, y que medía dos por tres metros.

Menuda claustrofobia.

Para acabar loca perdida. ¡Sacadme de aquíiiii!!!


Así que me iba a la calle, normalmente al cine, hasta que mi casa quedaba vacía. Lo malo, es que a veces me la alquilaban para toda la noche, y me tenía que ir a una pensión de mala muerte a dormir. Por eso me puse manos a la obra y, en cuanto ahorré lo suficiente, arreglé lo básico en la primera planta para poder trasladarme allí.

Ni sé los quilos de palomitas que me metí entre pecho y espalda durante esa época...


Me dio lástima, he de admitirlo. Había hecho de la planta baja un hogar muy confortable, y volver a empezar con paredes desconchadas y muebles recogidos de la basura, pues como que no me apetecía mucho; pero peor era tener que pasar horas en la calle, sin importar si diluviaba.Y tampoco tenía mucho tiempo para ir arreglando el piso con la de horas que pasaba en el trabajo, y en aquel momento me pareció una locura dejarlo, aunque ganaba bastante más dinero con el alquiler, que con mi curro.

Entonces, un día, recibí «la llamada».


 Continuará…

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